Miquel Izuel Currià

Psicólogo COPC 4398.    EuroPsy Specialist in Psychoterapy (EFPA)

T. +34 669 319 952  |  miquelizuelcurria@gmail.com

Sobre las tragedias infinitas, los adversarios y los enemigos

Normalmente no me manifiesto. A menudo prefiero escuchar. Una escucha que entiendo una forma de hacer, sosegada, activa y reflexiva. Sin embargo, hoy escribo estas líneas por si consideráis leerlas.

Creo que estamos en un momento delicado, frágil, muy frágil. Uno más. Puede parecer un lugar común decir que las crisis son oportunidades, pero lo pueden ser si finalmente se pueden dar dentro de ciertas condiciones, que no imposiciones.

Sabemos que, en este momento del nuevo Armagedón, vuelven a ponerse en juego las antiguas luchas fratricidas -si cierto es que todos somos hermanos-. Bien sabemos que a veces, precisamente por serlo, las luchas más enconadas y virulentas se desenvuelven en ese seno.

Hay muchas declaraciones actualmente que son básicamente reacciones. Entendemos que las reacciones vienen cargadas de lo propio, de la propia historia, que difícilmente deja de ser la historia de nuestras identificaciones. Tomas de partido enraizadas en esa historia no aportan nada de nuevo a la comprensión ni al manejo de las situaciones de fragilidad que todas sociedades tienen y que, si no se resuelven en profundidad, como lo reprimido, retorna para quedar al descubierto. En este país decimos ‘cuerpo descubierto’ para indicar la valentía al mismo tiempo que la falta de protección y aún la sinrazón que entraña cierta valentía. El resultado de esta sinrazón son los cuerpos destrozados, calcinados, martirizados por una causa en la que, tal vez muchos de ellos no habrían militado.

En Gaza, en Israel, en Ucrania, en Rusia -en nuestro país de otro modo ahora- y en una lista interminable de conflictos que no merecen la atención de los medios si no es para vendernos determinadas posiciones, la tragedia humana, ese modo desrazonado de sentir que nuestra animalidad pervive y que no pensamos renunciar a ella, se impone.

Normalmente vivimos afectivamente la tragedia sin sufrirla en nuestros cuerpos. Es una ventaja determinante. Hay gente que la sufre. No conozco directamente a ningún palestino. Conozco una parte de su historia, de la tragedia de su Nakba, de las difíciles condiciones de vida y de desarrollo que como pueblo y como comunidad libre de buscar las vías de su destino tienen. Conozco una parte de la historia del pueblo hebreo y conozco como determinado sionismo ha tratado de revertirla. Tengo una paciente israelita que cree, verdaderamente, que -otra vez- están en un momento de luchar por su supervivencia, pues están atacados en su propia razón de existir. Tal vez en resonancia con las reminiscencias terribles de su Shoá.

Desafortunadamente o no, todos nosotros, todos estos países, no somos, no son por enteros dueños ni de sus actos ni de su destino, aunque crean lo contrario. Se trata de una lucha global por la hegemonía sobre los recursos y la influencia -que es una forma sutil del poder- en la que otra vez nos vemos embarcados. Los países se posicionan por la necesidad y la influencia más que por la ética; aunque cuando la ética-que podría pretenderse como un universal- ha pretendido prevalecer sobre la moral -lo particular de cada cultura- como en la creación de la Sociedad de las Naciones, ello también nos llevara a la Gran Guerra mundial. La paradoja es desgarradora.

Somos en fin llevados a tomar partido sin tener más que una conciencia parcial de lo que acontece. No podemos dejar de posicionarnos como si eso nos convirtiera en actores reales, capaces de contribuir a poner coto a lo que creemos desmanes y crímenes de lesa humanidad. Sentimos internamente que hemos de ‘actuar’. Tal vez se trate más de una compulsión a actuar que nos revelaría nuestra propia fragilidad psíquica, una forma de la dificultad para realizar una elaboración reflexiva sobre los acontecimientos que conocemos parcialmente. Tal vez sintamos que no podemos dejar de posicionarnos, pero estas tomas de posición se revelan accesorias ante la magnitud de las heridas y aún pueden contribuir a perpetuarlas pues tales compulsiones a la actuación bienintencionada apenas dejan rastro en nosotros más allá de la ‘actualidad’ de los problemas. Difícilmente nos proponen cambios en nuestra forma de ser, de modo que la comprensión de los hilos que mueven las tragedias nos permita posicionarnos de modo otro en los ámbitos cotidianos de nuestra existencia.

¿Cómo pienso yo sobre este momento? Pienso en relación a aquello que soy, y lo soy, también, por el oficio que he escogido. Quiero decir pues que esta situación me plantea ciertas preguntas que seguramente ustedes ya se habrán formulado: ¿Estamos entendiendo suficientemente lo que acontece? ¿Estamos procediendo de manera constructiva? ¿Cuál sería una forma posible y responsable de hacerlo? ¿Qué va a quedar en nosotros de afronte ético de la existencia después de que lo -terriblemente- actual haya pasado?

Soy consciente de que no soy un actor global, más bien, si algo soy, se acercaría más a la categoría de mindungui. Sin embargo, considero legítimas aquellas preguntas, lo que me plantean e intento proponer un modo de hacer respecto a ellas.

Primero prefiero suspender por un momento el ruido y la furia, –sí, es un poco novelesco (W.F.) pero apropiado a este caso-, ese ruido y aún esa furia que no para de brotar en nuestro interior. Dejarme de escuchar a mí mismo para poder escuchar a los otros. ¿Qué es lo que les preocupa realmente? Seguro que hay manipulación por parte del que no piensan cómo yo, pero también hay un fondo de preocupación, de verdad en lo que piensan, que se puede entender como sincera. Intento -intento- preocuparme por escuchar a los otros, escuchar este fondo de verdad.

Informarme en fuentes que no me digan lo que debo sentir ni a lo que debo adherir -que difícil encontrarlas-. Ir a otras fuentes para intentar recoger este fondo de la verdad del otro que he mencionado anteriormente. ¿Existen fuentes honestas que describan sin que esa descripción no sea ya la prescripción de lo que debo pensar? Es difícil, pero este es el compromiso para conmigo mismo. Aún más. Aunque el relato sea manipulado, la propia manipulación revela algo de esa verdad que intenta desfigurar.

Después reflexionar, pensar -un ejercicio bastante inusual-. Pensar quiere decir también no rechazar directamente las posiciones diferentes de los otros. Dejar que hagan pie en nosotros para ver como aquello que somos, también nuestros pensamientos, en lugar de adelgazarse y deshilacharse en ‘mantras’ gastados, pueden volver a coger vigor. Vigor que no se produce si uno no se deja permeabilizar en relación con el pensamiento diferenciado del otro.

Encontrar el modo, el tono y el tiempo para comunicarse con los que no piensan cómo nosotros.

Actuar, obrar -no tan solo pensar- a favor de nuestras ideas y hacer que estas encuentren un lugar real en nuestra vida en el que puedan seguir poniéndose a prueba. Seguir escuchando a los que no piensan ni obran como nosotros. No convertirlos en enemigos. No criminalizarlos. Un obrar que pueda estar orientado por el conocimiento -un trabajo largo, profundo y nada radical- del otro y de sus aspiraciones, a las cuales, aunque no estemos de acuerdo, tenemos que conceder legitimidad en cuanto revelan esa verdad en ellos.

Un obrar que, para conseguir lo que consideremos legítimo, tendría que intentar tender al mismo tiempo puentes hacia nuestros adversarios y no lanzarlos de cabeza a la zanja de las trincheras -o de las fosas-. Un puente hecho de reflexión, mesura y propuestas hacia el otro como una prueba de que, aunque sea siempre frágil e incompleto, estará a disposición de todos para no perpetuar esa infinita guerra fratricida en la que los seres humanos perdemos tal acreditación.

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